HUESOS DE MI ÚLTIMO ÁRBOL

En un país tan mezquino en política y tan pródigo en poetas, la poesía es un hecho asombroso y crucial.

Por Raúl Zurita

“Huesos de mi último árbol” es el primer libro de Mireya Zúñiga y se trata de un destacable primer libro. Él nos muestra no sólo que nos encontramos frente a una nueva y poderosa poeta chilena, sino que por razones que finalmente son misteriosas, la poesía que continúa escribiéndose en estos territorios se cuenta entre las más fecundas, variadas y definitivamente sorprendentes del castellano. Esto es tan concreto que de pronto uno tiene la sensación que se debería inventar otro país con sus propias leyes, su parlamento, su gobierno, donde cupiesen todos aquellos excelentes poetas que de un modo paralelo a las figuras consagradas están permanentemente emergiendo en Chile. La poesía de ese país inventado sería de inmediato una gran poesía.

Porque la aparición de este nuevo libro es una prueba más de esto y nos pone frente al hecho de que si retirásemos todos aquellos nombres que desde la Mistral, de Rocka, Huidobro, Neruda, Parra y Rojas hasta Oscar Hahn, José Ángel Cuevas y Gonzalo Millán, conforman lo que, a la hora de efectuar los recuentos, se suele denominadar como la “gran poesía chilena”, observaríamos inmediatamente la emergencia de un universo con obras no menos extraordinarias, con nombres y figuras no menos visionarias y amplias, y que constituyen en sí mismos una historia, una geografía entera, una nación. Es la otra gran poesía chilena que no es objeto por lo general de reseñas ni de grandes celebraciones, y que sin embargo existe con una contundencia no menor a la que exhiben sus primos consagrados. Pues bien, no podemos saber hoy a cual de esos dos países se adscribirá “Huesos de mi último árbol”, pero sea el que sea este libro lo enriquecerá.

Mireya Zúñiga mediante un lenguaje de la pasión y del desborde que se despliega en todas sus resonancias, en su sonoridad pero también en su dureza, ha escrito una poesía que expone los espacios de la experiencia y que es capaz de tocar aquellas zonas entumidas y laceradas de nuestras vidas, haciéndonos ver nuevamente que la lucha agonal de la poesía ha sido desde siempre la de arrebatarle al muro infranqueable del silencio todavía unos signos, unas palabras más para que la mudez no prevalezca sobre el habla, para que el silencio no prevalezca sobre lo decible, para que, en suma, aquello que por definición está fuera del lenguaje, vale decir: la muerte, no prevalezca sobre la vida.

“Huesos de mi último árbol” despliega de esa manera los escenarios donde esa lucha inmemorial se libra. Exhibiendo una notable y a veces torrencial capacidad de imágenes, su apuesta es la de traer a nuestras palabras, a lo decible de este mundo, todo el dolor, el amor, la agonía y la esperanza, que la desesperanza y la muerte permanentemente quieren silenciar. He sentido que ese terreno donde la vida se separa de la muerte es el sitio donde esta nueva poeta chilena se instala, continuando así la tarea de la gran poesía expresionista latinoamericana, fundamentalmente de “Poemas Humanos” y “Trilce” de César Vallejo y “Oscuro” de Gonzalo Rojas, reiterándonos que el oficio solitario de la poesía es el oficio de volver a significar las palabras, de salvarlas de su desgaste y agonía, para que estas vuelvan a hacer presente la pluralidad aterradora y maravillosa de la vida.

Una destacable poeta y un destacable primer libro. “Huesos de mi último árbol” de Mireya Zúñiga vuelve a mostrarnos que en un país tan mezquino en política y tan pródigo en poetas, la poesía es un hecho asombroso y crucial.

Por Raúl Zurita
Poeta & Escritor

Sobre Huesos de mi último árbol, de Mireya Zúñiga Noemí. O porque escribimos poesía a raudales.

Ventana Abierta Editorial, 2012, Colección Mistral.

Por Alberto Moreno

Estas son la afirmación y también la pregunta, que atraviesan nuestra loca y absurda geografía-literaria: Por qué escribe usted (Hahn); y la otra, anterior: Porque escribí (Lihn).

Leyendo hoy, verano 2013, a Mireya Zúñiga, intento responderme, como el lector obstinado que soy, y solo se me ocurre decir que lo hacemos porque encontramos en ello un espacio para desatar la llama doble que nos aferra a la vida. Escribimos poesía a raudales, puesto que en ese ejercicio solitario, renovamos, de forma misteriosa, casi a tientas, nuestro consentimiento por la vida, y decimos sí, un día más creeré en esto, por unos días más, no me entrego a la desidia o al olvido, ni a la mediocridad del sistema y su basura espectacularizada.


Si la poeta que es Mireya Zúñiga forjó, por años, este inmenso trabajo silencioso, luego yo no me entrego a la facilidad bobalicona del best seller de turno en la playa. No caeré en las trampas de la amnesia política del olvido, ni la medida justa de la mezquindad para el resto, ni menos aún, será mi voz, la reproductora de un discurso de canallas que no respetan a su gente, ni la tierra donde fueron paridos. Si Mireya elaboró palabra a palabra, amor tras amor, hueso tras hueso, entre sueño y pesadillas, toda esta obra inspiradora de amor y profunda disección de lo humano, yo debo ser mejor, o al menos, ser humilde y saber escuchar, parar por un momento, detenerme a saber qué hay ahí, cuál es ese misterio sin fin, de la escritura poética.

Y, por fortuna para nosotros, -como lo señala Zurita en su aproximación a la lectura de Huesos de mi último árbol-, su autora es parte de un espacio común de la poesía local, algo que podríamos imaginar como un hábitat poético-lírico, casi inagotable, de cofrades diseminados por el dispar territorio de la loca geografía; todos ellos pródigos en el arte de la palabra. Ciertamente, la poesía no es algo ajeno en este territorio. Pero por extraños motivos, sigue siendo lejana a muchos. Y aquí me detengo en la obra.

La poesía de Mireya Zúñiga es rica y abundante en bellas imágenes, plena de evocaciones radiantes, sin embargo no evade la profundidad del dolor o la angustia por el caos, el paso del tiempo, los sinsentidos naturales del amor humano, del abandono, o aquellos pasajes de la existencia donde pareciera que el tiempo y las cosas pasan porque si, sin concedernos derecho a una explicación, y nada podemos hacer, excepto esperar que vengan otros nuevos hechos, para seguir adelante una vez más. Leamos:

Difunta

No abrí la ventana
No quería vuelo de alas ni luz

Morirse de a poco
Morirse rápido
Morirse para siempre

No ser
No volver a ser

Obituario para mi soledad.

…..

La conversación de las pieles

Habíamos dejado el cerro
Donde solo se escuchaba algún grillo

Los dos
En nuestras soledades
Nos utilizamos en vano.

Así encontramos que hay otros poemas suyos donde aparece el mar tormentoso, y lo destruye todo; paisaje no apto para la contemplación impávida o serena, este es un mar devorador, lleno de bestias y que solo trae tragedias para el hombre. O ciertas imágenes de la muerte que se repiten en la obra…diálogos con la muerte que perturban, y no pueden evitarse, pues en esta obra no hay impostura intelectual, ni dudosos pronósticos del porvenir:

Naufragio

I

El mar está salobre
inútil sus esfuerzos
es la cercanía del fin

Profundo
se ha tragado un naufragio
carga   niños   madres
a un viejo uniformado
Flota una gorra y un pañuelo


II

Qué triste es el susurro que sigue
a esta calma fallecida
calma con dolor
calma con llanto
calma como diciendo adiós


III

 Bajé hasta el abismo
del océano hambriento

Allí se lucha
los difuntos de dientes
son revoltura de espuma


IV

Siempre diezmar por seguir siendo.

Es regocijante como lector, verse, encontrarse en la experiencia de quienes habitan los paisajes de una obra, lejos del mesianismo y la profecía. Como ávido lector, admiro profundamente una escritura poética cautivante, que te lleva y trae por la escala infinita de las emociones, sin caer en la pedantería lingüística, en ese afán por querer demostrar cuánto se sabe de idiomas y ciertas disciplinas afines, muy sofisticadas y complejas, pero más cercanas a la retórica-académica y al esnobismo cursi, que a la genuina pasión por la experiencia peligrosa que es la poesía.

Otra cualidad que me parece muy valiosa en el trabajo de Mireya; el diálogo entre generaciones, la intertextualidad como llaman algunos, el trasvasije poético, esa genial tendencia a ir de un autor a otro, de un estilo o época sobre la siguiente; ese desborde y derroche, vuelto procacidad e impudicia de la poeta, que habla con todos y resuelve su escritura, en la espesura de la noche, a veces como si anotara restos de una pesadilla o de un sueño indescifrable, en la libretita de la madrugada y el desvelo.

Todo ello, sin desconocer a la mañana siguiente, a sus sabios vecinos, a sus camaradas mayores y menores.

Mireya sabe que su arte es fruto de un espeso bosque habitado por tantos otros, todos animales arrimados al mismo árbol, que abrevan del mismo río, que gustan de la misma savia. (Ya sabemos; hay quienes se pierden en esa espesura; hay quienes salen cada tanto de casería; hay los que no regresan más).

Veo en la autora de Huesos de mi último árbol, dos cualidades que siento imprescindibles en un magnífico poeta; profundidad en la mirada y amplitud en la profusión de registros, donde el autor-autora, sea capaz de moverse con amplia destreza. Por eso, voy entendiendo ahora, escribimos a raudales. Porque Mireya se adentra en el bosque de faunos y ninfas, y también porque navega en el mar de las palabras. Porque en su escritura, ella se lo juega todo. Lo apuesta todo, y es tal la calidad, la factura impecable de esta poesía, que ocurre algo extraño, pues resulta como si Mireya Zúñiga Noemí, hubiese escrito siempre esta poesía, y la recordásemos desde lejos, con solo leer uno de sus versos, instalada ya en un antiguo y prestigioso sitial…

Ha sido un nuevo juego gozoso descubrir a la gran poeta que es Mireya Zúñiga…ahí están sus arboles de raíces profundas, sus huesos de vida y muerte. Y ya no falta nada. Ella ha hecho un trabajo brillante. Y nos lo ha regalado.

Enero 24, 2013, Santiago de Chile.

Por Alberto Moreno
Poeta & Escritor

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